jueves, 10 de febrero de 2011

Encontrarte

Afuera, con tu sonrisa como rompevientos,
dos abrazos, tres besos.
Un cómoestas sincero y circunstancial, ya sabés cómo estoy.
Sí, y mucho.

Dentro de tu montaña,
durmiendo o contándome historias.
O por teléfono,
en tu voz,
en la mañana ebrio de sueño, confundidos, amargos y contentos.
diálogos que se vuelven nuestros
y ya de nadie.

En la oscuridad,
en tu sombra,
en nuestros libros sin leer,
en el cansancio,
en los morados,
en la maravilla de sonreirte con las manos.

El ejercicio de soltarte
solo tiene remedio si vuelves.
Vuelve.

lunes, 7 de febrero de 2011

Mi cuchitril filosófico

La logia de la RAE del 61 contempla el escenario de mi ventana; comparte estación con Deepak Chopra que espera en silencio que alguien le hable sobre Jesús. Irónicamente a su lado, reposando bajo el sol, una biblia, traducción de las américas, llena de recortes de periódicos, la noticia de Assange, el derrame de petróleo de BP, entre otras cosas menos famosas e igual de interesantes; anotaciones existencialistas. Su dueño se ha ido y yo la he adoptado. Una rockola del siglo 21 le acompaña en silencio, nadie ha querido encenderle una canción. Un vaho de Victoria Secret púrpura y corazones, prometiendo magias de amor, en colección especial. Economistas gringos comparten la mesa con Juan José Millás y sus articuentos, vuelven la vista para hacer espacio a 12 mujeres impecables, traídas desde un planeta donde las madres solteras tienen hijos triunfadores. Mi cerebro envuelto en un cuadernito de 5x5 pulgadas, neuronas en tinta de todos los colores. Un elefante luminoso, que a veces, a las 4 de la mañana todavía está encendido, contemplándome. Dos regalos que son dos marcos de fotos, de antes y de no-tan-antes, y le dan perspectiva al ahora. En la pared un dibujo: una casa, un avión, una flor.

Respirando, pensándote, yo.

martes, 25 de enero de 2011

El día en que ya no había paz

Sentada, leía un libro.
Sintió una brisa inusual, algo que enfrió el té, que movió alguna constelación dentro de su universo. Levantó la vista y notó que algo invisible había ocurrido.
Caminó lento, sabiendo que la urgencia no iba a remediarse con histeria. Encontró la puerta abierta... empezó a notar su ausencia. La paz se había escapado.

Empezó a darse explicaciones a sí misma, a repetir sus pasos una y otra vez, cómo es que he dejado la puerta abierta, por qué querría irse, dónde estará, será que la ansiedad hará casa ahora que la paz no está.

No supo bien cómo pasó, pero entendía en qué momento había iniciado; cuando la paz a ratos despistada, con la mente en otra parte, desentendida, a otros con la máscara invisible, no podía verla y casi no sentirla. Nunca la convenció de quedarse, nunca le pidió que reconsiderara: siempre fue inevitable.

Se quedó petrificada en el portal, con la vista al camino, esperando que la paz se botara el manto invisible, que allí estaba, que no se había ido, que no se iría jamás.

Elucubraciones de otras realidades le traían un placebo que le hacía ignorar su partida, pero nada, la paz real no estaba. En vano iría a buscarla en closets o bajo la cama; aunque fuera sin despedida la partida era obvia. La paz estaba harta de esa guerra silenciosa, y más valiente que la ansiedad, se largó.

lunes, 17 de enero de 2011

Lo que pasó cuando te fuiste

No tengo ropa negra. La última vez te escuché partir y no te dije adiós. Aquella vez, cuando el mar nos robó las toallas. Aquella otra cuando te peleaste con la familia. Cuando me dijiste que nadie iba a quererme y cuando te retractaste. Verte cambiar, mejorar, pedir perdón y perdonar. Llorarte. Hago una pausa. Te abrazo en la memoria y me doy cuenta que tu voz no retumbará en la sala de mi casa nunca más. Ni tus herramientas, ni aquel perro viejo, ni tu pickupito blanco, ni tus manos grandes y callosas. Te hiciste viejo muy pronto. Me enseñaste a comer quesos y justo eso fue tu último regalo, además de un set de cubiertos. Cosas que quieren hablar de ti, igual que yo. Rogarle a Dios que me diera tiempo de hablarte. Mi papá, cómo estará mi papá. El momento en que decidí que no quería verte muerto. Hablar con tu esposa. Hablar con Dios y agradecerle por tu vida. Fuiste buen abuelo. Y te nos fuiste. Un silencio inmenso, no estás. Cruel, qué cruel.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Esta es mi historia de amor

Siempre soñé con un amor perfecto, que me quisiera como yo siempre quise, que me entendiera como nadie más me supo entender. Hablar sin hablar. El más pequeño flinch de mi corazón y lo captaría. No necesitaría explicación para mis sentimientos menos descriptibles. Sabría de mis sueños, conocería mi situación, de dónde vengo, a dónde quiero ir. Me entendería, me escucharía, me buscaría, se entregaría, me animaría, me abriría el camino para que pueda lograrlo. En fin. Un amor como el que me prometieron los cuentos de hadas: que sepa prometer un "y vivieron felices para siempre".

Lo busqué en todos y por todas partes. Juro que busqué. Le di el beneficio de la duda a tantos sapos y a tantos príncipes y nada. Nada.

Hasta que me cansé y fui hasta Dios a decirle que estaba rendida, que me rendía de una sola vez.

Fue allí.

Allí mismo mi corazón lo entendió.
Comprendió que la fórmula para aliviar mi dolor, para tranquilizar mi alma tan aturdida era volver a Dios, que todas esas promesas que sapos y príncipes me dijeron que eran imposibles, eran posibles para Dios.

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Mi corazón, junto con todos sus sueños de amor perfecto, pertenecen a Dios. Hecho a mi medida, con mis rarezas y mis apetencias más exigentes.

Quiero ir a este concierto: Dios provee.
Me siento mal: Dios consiente.
Necesito hablar: Dios escucha.
Quisiera reír más: Dios cuenta un chiste.
Tengo roto el corazón: Dios lo sana.


Y sí. Este es uno de esos posts en que hablo de que Dios me tranquilizó. No puedo evitarlo. Dios me sanó el corazón. No se trata de hacerle publicidad; es que yo también quiero ser tratada como una princesa, yo también quiero contar mi historia de amor.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Yo soy de las que leyó Cortázar a su hija

En el vientre, así como oyendo desde el fondo del mar, escuchaba Poema de Cortázar seguido del teclado de la computadora. Es que no sólo le leí poemas, se los escribí también. No escuchamos a Mozart, pero sí los sonidos del bosque, grillos, lluvia, pájaros cantores. Hicimos dieta de sodas y quizá por eso es que me recrimina todas las veces, ahora que está aquí.

Lloramos desconsoladas, juntas. Nos fuimos a dormir exhaustas: ella de vivir, yo de organizarle el mundo. Nos amamos con el amor que se impregna a la piel, como un tatuaje invisible que segrega endorfinas del amor más puro desde la mirada.

Traigo -y llevo- su nombre, más apasionado que el mío, más tallado que mi propia conciencia.
Voy a pedir que cuando muera, lo busquen en mi corazón, que después de tanto amor hermosamente desgarrador, ya sé que está allí escrito, a todo color.

lunes, 11 de octubre de 2010

Tarde.

Volví. Había viento como el primer día. Siempre olvido dónde es exactamente. Es una suerte que todos llevan nombre o estaría contemplando la tumba equivocada.
Siempre es tan raro, pensar que me esperas, hablar con lápidas. Ya sé que no estás allí y aún me es inevitable contemplar tus huesos y tu pelo largo (seguro todavía está así). Imagino tu osamenta, tu ropa, tus huesos partidos, las costillas vacías donde estaba tu alma, tu corazón.
Voy a sentarme a tu lado, sobre la grama. Leo tu nombre, otra vez como en la lista del colegio, y ya no me duele igual. Te digo justificando: "todavía me pesa tu ausencia"; es que hace tanto no iba.
Sopla el viento, nadie alrededor. "De verdad es un lugar pacífico" te digo a sabiendas de que no estás allí. Mi palma sobre la grama y confieso que quisiera tomarme una cerveza con vos.
Tanto que contarte y nada qué decir. Es una mierda que no estés. La tradición de decirlo, seguido de una disculpa hacia mi Dios. "Te has perdido de tanto, pero más nos perdimos nosotros de vos" "Disculpame por no apoyarte mejor, por no tratarte con más respeto" y cosas así.

Nos quedamos en silencio, contemplando la nada. ¿Qué más hay por decir? Esa clase de desasosiego apabullado es estremecedor. Por mi parte puedo decir que todavía te extraño.

Me despido con ganas de abrazarte, con un "hasta la muerte", sin mirar atrás. Y camino. Lejos.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

fragmento

Intrusa en medio de tus letras. Entré, encendí las luces como en mi casa y espié cada rincón. Revisé tus versos y te imaginé usándolos, qué habrás hecho, con quién hablaste, qué pensabas, a quién besabas. Quizá es muy pretensioso creer que siempre viste mi cara en todos los reflejos de tu casa. A mi me gusta pensar que sí.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Era un día para creer.

Despertó confundida como siempre. Intentó darle arranque a sus funciones motoras: mover las piernas, estirar los brazos, lanzar al vacío un bostezo amargo. Todo, un reflejo rutinario justo como la canción que sonaba en un longplay gastado en alguna parte de la sala de su mente.

Respiró. Habló con Dios acerca de ese respiro involuntario; sabía bien que respiraba sin querer y vivía, no por impulso propio, sino por oportunidad.

En ese momento recordó esa barba, esos labios, esos ojos, ese olor. Se le retorció la tripa de tanto ánimo. Abrazó la almohada y soñó, un par de minutos, con el día y la hora exactos en que habría de calentar el lado frío de su cama. Y despertar, por fin despertar.

Piernas dobladas, ensimismada, perdida en el vacío del closet repleto de colores, tallas, escotes. Jugaba al juego de las combinaciones imaginarias. Decidió que hoy sería una persona normal, comprensiva, menos ruidosa y mucho más idealista. Decidió que hoy llegaría temprano a trabajar y volvería temprano a casa, que tendría tiempo para jugar y para cocinar.

Vestida de promesas, armada de un pan tostado con mozarella, subió al auto. Viajó en su mente por todos los recovecos en donde se esconde el amor. Le cantó de una hormiga que se perdía entre barbas y espaldas, que besaba y picaba, que amaba.

Abrazó su oportunidad. Entendió que para el amor también hay que creer.
Y creyó, porque amaba.