miércoles, 27 de enero de 2010

Cuento de lo que pasó algún día

Ibas caminando, desprevenido. Nadie podía advertirte que ibas a encontrarte con ella. La viste a los ojos y se te iluminó algo dentro, algo que mantuviste en negación pero que guardaste por si algún día esto llegaba a pasar.

Sus ojos te ven. Y esa sonrisa. Dejaría de ser perfecta si fuera perfecta. Quieres decir algo, cualquier cosa. Ella se abalanza sobre ti, dándote un enorme abrazo. Su pelo tapa tu cara, maravilloso olor a paraíso. Besa tus mejillas como si fuera la cosa mas habitual del mundo. ¿Acaso no ha notado que la has despreciado eficazmente durante todos estos años?

Habla. Esa capacidad para decir tantas cosas con tanta facilidad en una lengua que no es suya, en un espacio que no le pertenece, a mi, que tanto la he odiado. Lo nota. Pregunta si todo está bien, lo hace con severidad, me molesta. Tanto, que quiero pedirle que se quede conmigo para siempre.

Un par de preguntas, otro par de respuestas. La sonrisa habla por ella. De verdad está feliz de verte. Te pide que se vean de nuevo, con franca ilusión. Tu te resistes mientras quisieras pedirle que sea tuya para siempre.

Obligas a tu mente a volver a aquel espacio oscuro que habías reservado para ella. Aquel viejo baúl mal oliente que tiene todos sus defectos y que no hace mucha mella ahora que estas embriagado de su voz y de su olor.

Es irritante la forma en que se mueve, en que se ríe, en que consigue hacerte reír, en que da pequeños brinquitos explicándote las cosas para las que no encuentra palabras. Y el acento cítrico para las que sí se sabe.

Vas soltando un poco, quieres probar más de ella y por un momento, piensas que ella también quiere probar más de ti. Toma tu mano, sientes un anillo, lo ves, haces la forzosa pregunta. Ella responde lo inexcusable y es justo cuando sucede. No habías notado cuán alto te había llevado, ni cuán bajo tendrías que caer.

Sabías que algún día pasaría. La habías odiado tanto con tal de evitarlo pero tu ingenuidad es demasiado obvia que se te olvidó la lección mas importante: para saber odiar hay que saber querer.

lunes, 11 de enero de 2010

Amusement parks are a must at any age.

All the kids are little brave people. They tried even the scary rides and not once cried or complained. We got them ice cream -huge cones for everyone- meaning all the moms ate more than one (me included, managed to eat 2 cones in less than 10 minutes, my very own personal record. I know, not impressive, but still managed to gulp 600 very cold, strawberry flavored calories, almost at once).

Isabel woke up at 3am this morning crying and asking for cookies. I blame the reminiscence of all the delicious food smells at the park.

At last but not least, I proudly let you know that we did not fight at all. This is a huge achievement for my family. It was probably due to the cold season and very loud music at the place. Oh, and maybe because we were so busy waving at the kids while riding tiny airplanes or incredibly slow -and tiny shaped- go karts.







It is a truth, universally acknowledged, that when a person feels dizzy at carousels he/she has gotten too old for them.

miércoles, 6 de enero de 2010

Even chickens cross the road

This road Ive been on before. I stood on the side, waiting for the parade to show up, waiting for some signal to tell me to ride the bus that was coming. Bus came and went without me, must have missed the sign. Took the silence as a negative instead of asking whether it was OK to fill that void.
Staring at each other, waiting... for something, but nothing kept happening. We both started to walk just because it felt alright to do something, anything. Finally, we drove apart. The road was never crossed and our friendship grew ever bolder. It still feels as a loss, since neither wanted so.
Somehow, I don't feel it was the wisest decision, even if it turned out ok.
In a new road, I feel wiser today, trying not to be less than a chicken this time, facing that inevitable silence, unavoidable stare, in the very narrow distance in between.

lunes, 4 de enero de 2010

Bailando con Dios

Se me secan los pies de estar parada tanto tiempo y acepto tu invitación para este baile. Me prometes todas las promesas que mi corazón estaba esperando mientras te sonríes diciendo mi nombre, sí, qué maravilla.

Dentro, una emoción que no quiere callarse. Vibra cada sueño a punto de ser realizado, cada llaga a punto de ser sanada y cada pie descalzo que toca el suelo y el inicio de este camino, que seguro será uno largo.

No tengo miedo aunque hayan tantas cosas inciertas, no me falta paz aunque no conozco casi nada. Estamos más cerca, yo de tí, Tu de mí, en una balada interminable. A veces canta de amor, otras de alegría, otras de las cosas normales nada más, pero siempre canta.

Empezamos la canción de nuevo, para redescubrir, mientras damos otra vuelta y me sonríes diciendo mi nombre, qué maravilla.