martes, 25 de enero de 2011

El día en que ya no había paz

Sentada, leía un libro.
Sintió una brisa inusual, algo que enfrió el té, que movió alguna constelación dentro de su universo. Levantó la vista y notó que algo invisible había ocurrido.
Caminó lento, sabiendo que la urgencia no iba a remediarse con histeria. Encontró la puerta abierta... empezó a notar su ausencia. La paz se había escapado.

Empezó a darse explicaciones a sí misma, a repetir sus pasos una y otra vez, cómo es que he dejado la puerta abierta, por qué querría irse, dónde estará, será que la ansiedad hará casa ahora que la paz no está.

No supo bien cómo pasó, pero entendía en qué momento había iniciado; cuando la paz a ratos despistada, con la mente en otra parte, desentendida, a otros con la máscara invisible, no podía verla y casi no sentirla. Nunca la convenció de quedarse, nunca le pidió que reconsiderara: siempre fue inevitable.

Se quedó petrificada en el portal, con la vista al camino, esperando que la paz se botara el manto invisible, que allí estaba, que no se había ido, que no se iría jamás.

Elucubraciones de otras realidades le traían un placebo que le hacía ignorar su partida, pero nada, la paz real no estaba. En vano iría a buscarla en closets o bajo la cama; aunque fuera sin despedida la partida era obvia. La paz estaba harta de esa guerra silenciosa, y más valiente que la ansiedad, se largó.

lunes, 17 de enero de 2011

Lo que pasó cuando te fuiste

No tengo ropa negra. La última vez te escuché partir y no te dije adiós. Aquella vez, cuando el mar nos robó las toallas. Aquella otra cuando te peleaste con la familia. Cuando me dijiste que nadie iba a quererme y cuando te retractaste. Verte cambiar, mejorar, pedir perdón y perdonar. Llorarte. Hago una pausa. Te abrazo en la memoria y me doy cuenta que tu voz no retumbará en la sala de mi casa nunca más. Ni tus herramientas, ni aquel perro viejo, ni tu pickupito blanco, ni tus manos grandes y callosas. Te hiciste viejo muy pronto. Me enseñaste a comer quesos y justo eso fue tu último regalo, además de un set de cubiertos. Cosas que quieren hablar de ti, igual que yo. Rogarle a Dios que me diera tiempo de hablarte. Mi papá, cómo estará mi papá. El momento en que decidí que no quería verte muerto. Hablar con tu esposa. Hablar con Dios y agradecerle por tu vida. Fuiste buen abuelo. Y te nos fuiste. Un silencio inmenso, no estás. Cruel, qué cruel.