miércoles, 29 de septiembre de 2010

fragmento

Intrusa en medio de tus letras. Entré, encendí las luces como en mi casa y espié cada rincón. Revisé tus versos y te imaginé usándolos, qué habrás hecho, con quién hablaste, qué pensabas, a quién besabas. Quizá es muy pretensioso creer que siempre viste mi cara en todos los reflejos de tu casa. A mi me gusta pensar que sí.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Era un día para creer.

Despertó confundida como siempre. Intentó darle arranque a sus funciones motoras: mover las piernas, estirar los brazos, lanzar al vacío un bostezo amargo. Todo, un reflejo rutinario justo como la canción que sonaba en un longplay gastado en alguna parte de la sala de su mente.

Respiró. Habló con Dios acerca de ese respiro involuntario; sabía bien que respiraba sin querer y vivía, no por impulso propio, sino por oportunidad.

En ese momento recordó esa barba, esos labios, esos ojos, ese olor. Se le retorció la tripa de tanto ánimo. Abrazó la almohada y soñó, un par de minutos, con el día y la hora exactos en que habría de calentar el lado frío de su cama. Y despertar, por fin despertar.

Piernas dobladas, ensimismada, perdida en el vacío del closet repleto de colores, tallas, escotes. Jugaba al juego de las combinaciones imaginarias. Decidió que hoy sería una persona normal, comprensiva, menos ruidosa y mucho más idealista. Decidió que hoy llegaría temprano a trabajar y volvería temprano a casa, que tendría tiempo para jugar y para cocinar.

Vestida de promesas, armada de un pan tostado con mozarella, subió al auto. Viajó en su mente por todos los recovecos en donde se esconde el amor. Le cantó de una hormiga que se perdía entre barbas y espaldas, que besaba y picaba, que amaba.

Abrazó su oportunidad. Entendió que para el amor también hay que creer.
Y creyó, porque amaba.