Un animal que hibernaba ha despertado. Se rasca las ganas de dormir, un fastidio y al mismo tiempo una fascinación. Salir de esa cueva, cómoda, lúcida, propia, hasta altruista: nadie quiere ver al animal enloquecido.
Se mueve y sostiene su torpeza, es la falta de costumbre, no sabe cómo actuar entre la maleza, entre los demás. Animal solitario que sobrevive sin ayuda no sabe ni siquiera cómo ayudar. Con la mirada dice: estoy aquí, con ustedes, contigo. El animal espera que su presencia sea suficiente evidencia para que se sepa que está aquí porque quiere, suficiente le es con soportar el magnetismo que proviene de su cueva que le llama, que le invoca como si en un culto secreto. Cree, con toda firmeza, que hablar demuestra menos y que es una suerte porque no sabe cómo. Sabe que está cerca de ser domesticado y sufre porque entiende, porque quiere. Salvaje se pregunta cómo ser dócil sin perder su esencia, cómo amar sin dejar la libertad. Hay cosas que deben dejarse, lugares que deben cambiar, la sabiduría de la vida irrumpe el corazón del más salvaje, no necesita explicarse solamente entenderse. Y el animal entiende y quiere.