En el vientre, así como oyendo desde el fondo del mar, escuchaba Poema de Cortázar seguido del teclado de la computadora. Es que no sólo le leí poemas, se los escribí también. No escuchamos a Mozart, pero sí los sonidos del bosque, grillos, lluvia, pájaros cantores. Hicimos dieta de sodas y quizá por eso es que me recrimina todas las veces, ahora que está aquí.
Lloramos desconsoladas, juntas. Nos fuimos a dormir exhaustas: ella de vivir, yo de organizarle el mundo. Nos amamos con el amor que se impregna a la piel, como un tatuaje invisible que segrega endorfinas del amor más puro desde la mirada.
Traigo -y llevo- su nombre, más apasionado que el mío, más tallado que mi propia conciencia.
Voy a pedir que cuando muera, lo busquen en mi corazón, que después de tanto amor hermosamente desgarrador, ya sé que está allí escrito, a todo color.
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