La fuerza de las cosas que soñamos y la avalancha de las cosas que son realidad. A ninguna habría de temerle, ni por grande ni por evidente.
Atreverse a soñar es otra clase de valentía, a la que el atreverse a vivir debería sentirle algo de celos, porque vivir es inevitable. Luchar contra la adversidad resulta necesario y a veces, el camino único. Echar para delante es obligatorio mientras que soñar sigue siendo opcional.
Aunque duela, aunque sea para tontos, aunque ciega, habré de soñar, a modo de revolución contra la rutina. A modo de protesta contra una realidad que todavía no me convence.
Y afuera, suena una voz cantante un the best is yet to come. Y le creo.
miércoles, 6 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
silencio manifesto
No sabría si quedarme callada también por carta. Escribirte un silencio, para que entiendas mi mirada. Hay algo dentro de mi que calla, que grita silencios. Mi modo de protesta pacífica. Mi especie de retraimiento. Mi escapatoria.
Mi forma de decirte todo lo que jamás me he atrevido a decir, ni siquiera en voz baja a mi misma. No quiero decírselo a nadie, no quiero callárselo a nadie.
Quiero... mi corazón de vuelta. Sano como te lo entregué. Y te amo. Callada, sin gestos, en silencio, sin batallas. Te amo así, a secas. A destiempo, casi sin escapatoria. Quiero mi vida de vuelta, completa como cuando llegaste. Sigo en silencio, usando lágrimas como sílabas y tú entendiendo casi nada. Quiero correr, lejos. Quiero volver, pronto.
Y vas a quedarte callado, diciendo que no quieres perderme con tus abrazos. Usando tu respiración como prosas y yo entendiendo casi nada. Quiero devolver la certeza a tu vida, como cuando llegué a ella. Y me amas, a secas. Cuando sonríes y no dices nada, o balbuceas que es lo mismo. Cuando me entiendes y no lo dices, y cuestionas y examinas y tu silencio. Quiero devolverte tu corazón, sereno como cuando nos encontramos. Quiero que escapes, lejos. Quiero que vuelvas, pronto.
Mi forma de decirte todo lo que jamás me he atrevido a decir, ni siquiera en voz baja a mi misma. No quiero decírselo a nadie, no quiero callárselo a nadie.
Quiero... mi corazón de vuelta. Sano como te lo entregué. Y te amo. Callada, sin gestos, en silencio, sin batallas. Te amo así, a secas. A destiempo, casi sin escapatoria. Quiero mi vida de vuelta, completa como cuando llegaste. Sigo en silencio, usando lágrimas como sílabas y tú entendiendo casi nada. Quiero correr, lejos. Quiero volver, pronto.
Y vas a quedarte callado, diciendo que no quieres perderme con tus abrazos. Usando tu respiración como prosas y yo entendiendo casi nada. Quiero devolver la certeza a tu vida, como cuando llegué a ella. Y me amas, a secas. Cuando sonríes y no dices nada, o balbuceas que es lo mismo. Cuando me entiendes y no lo dices, y cuestionas y examinas y tu silencio. Quiero devolverte tu corazón, sereno como cuando nos encontramos. Quiero que escapes, lejos. Quiero que vuelvas, pronto.
miércoles, 2 de marzo de 2011
El combate
Ando con un agobio en el bolsillo
no pesa, no estorba
pero crece y se alimenta de miedo.
Habré de preparme
-entrenar como para una maratón-
para cuando sea grande y crezca
para cuando sepa que estoy repleta de miedos
y quiera comerme
desaparecerme.
Voy a darle pelea
resistiré a su aflicción
mi buena cara consumirá su mal tiempo
y esperaré la cosecha.
Si el agobio se prepara para atacar
debe ser
que una bendición está cerca.
Dejate venir con todo,
que con Todo te voy a contestar.
no pesa, no estorba
pero crece y se alimenta de miedo.
Habré de preparme
-entrenar como para una maratón-
para cuando sea grande y crezca
para cuando sepa que estoy repleta de miedos
y quiera comerme
desaparecerme.
Voy a darle pelea
resistiré a su aflicción
mi buena cara consumirá su mal tiempo
y esperaré la cosecha.
Si el agobio se prepara para atacar
debe ser
que una bendición está cerca.
Dejate venir con todo,
que con Todo te voy a contestar.
viernes, 18 de febrero de 2011
el oficio de desaprender
Lo olvidé.
Tanto, que ya ni me acuerdo
por dónde empezar a recordarme.
El truco de preguntarle a la gente de ti misma...
...nada.
Subí al autobus, sin equipaje
traté de recordar si cerré el cerrojo,
si las ventanas quedaron abiertas.
Nada.
El bus se alejó, tanto, tanto,
que olvidé.
Un día, normal,
de esos entre tantos,
desperté con el botín a mis pies, en mi cama;
todo lo mío había vuelto
pero ya no estaba en la misma sucursal.
Una nota confesaba
"falta más."
Y yo que no me acuerdo qué falta...
Si algo cumplí fue olvidar.
Según yo,
nada.
Tanto, que ya ni me acuerdo
por dónde empezar a recordarme.
El truco de preguntarle a la gente de ti misma...
...nada.
Subí al autobus, sin equipaje
traté de recordar si cerré el cerrojo,
si las ventanas quedaron abiertas.
Nada.
El bus se alejó, tanto, tanto,
que olvidé.
Un día, normal,
de esos entre tantos,
desperté con el botín a mis pies, en mi cama;
todo lo mío había vuelto
pero ya no estaba en la misma sucursal.
Una nota confesaba
"falta más."
Y yo que no me acuerdo qué falta...
Si algo cumplí fue olvidar.
Según yo,
nada.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Roma
Las palabras perfectas: inseguras
ante la furia de nuestro silencio.
Tenemos lo que falta, lo que queda, lo que existe.
Décadas y
estamos,
estás.
En esta selva de gente
nada se pierde y
Todo es un todo cuando está completo.
Roma es tu vida
y todos mis caminos parecen llegar allí.
ante la furia de nuestro silencio.
Tenemos lo que falta, lo que queda, lo que existe.
Décadas y
estamos,
estás.
En esta selva de gente
nada se pierde y
Todo es un todo cuando está completo.
Roma es tu vida
y todos mis caminos parecen llegar allí.
jueves, 10 de febrero de 2011
Encontrarte
Afuera, con tu sonrisa como rompevientos,
dos abrazos, tres besos.
Un cómoestas sincero y circunstancial, ya sabés cómo estoy.
Sí, y mucho.
Dentro de tu montaña,
durmiendo o contándome historias.
O por teléfono,
en tu voz,
en la mañana ebrio de sueño, confundidos, amargos y contentos.
diálogos que se vuelven nuestros
y ya de nadie.
En la oscuridad,
en tu sombra,
en nuestros libros sin leer,
en el cansancio,
en los morados,
en la maravilla de sonreirte con las manos.
El ejercicio de soltarte
solo tiene remedio si vuelves.
Vuelve.
dos abrazos, tres besos.
Un cómoestas sincero y circunstancial, ya sabés cómo estoy.
Sí, y mucho.
Dentro de tu montaña,
durmiendo o contándome historias.
O por teléfono,
en tu voz,
en la mañana ebrio de sueño, confundidos, amargos y contentos.
diálogos que se vuelven nuestros
y ya de nadie.
En la oscuridad,
en tu sombra,
en nuestros libros sin leer,
en el cansancio,
en los morados,
en la maravilla de sonreirte con las manos.
El ejercicio de soltarte
solo tiene remedio si vuelves.
Vuelve.
lunes, 7 de febrero de 2011
Mi cuchitril filosófico
La logia de la RAE del 61 contempla el escenario de mi ventana; comparte estación con Deepak Chopra que espera en silencio que alguien le hable sobre Jesús. Irónicamente a su lado, reposando bajo el sol, una biblia, traducción de las américas, llena de recortes de periódicos, la noticia de Assange, el derrame de petróleo de BP, entre otras cosas menos famosas e igual de interesantes; anotaciones existencialistas. Su dueño se ha ido y yo la he adoptado. Una rockola del siglo 21 le acompaña en silencio, nadie ha querido encenderle una canción. Un vaho de Victoria Secret púrpura y corazones, prometiendo magias de amor, en colección especial. Economistas gringos comparten la mesa con Juan José Millás y sus articuentos, vuelven la vista para hacer espacio a 12 mujeres impecables, traídas desde un planeta donde las madres solteras tienen hijos triunfadores. Mi cerebro envuelto en un cuadernito de 5x5 pulgadas, neuronas en tinta de todos los colores. Un elefante luminoso, que a veces, a las 4 de la mañana todavía está encendido, contemplándome. Dos regalos que son dos marcos de fotos, de antes y de no-tan-antes, y le dan perspectiva al ahora. En la pared un dibujo: una casa, un avión, una flor.
Respirando, pensándote, yo.
Respirando, pensándote, yo.
martes, 25 de enero de 2011
El día en que ya no había paz
Sentada, leía un libro.
Sintió una brisa inusual, algo que enfrió el té, que movió alguna constelación dentro de su universo. Levantó la vista y notó que algo invisible había ocurrido.
Caminó lento, sabiendo que la urgencia no iba a remediarse con histeria. Encontró la puerta abierta... empezó a notar su ausencia. La paz se había escapado.
Empezó a darse explicaciones a sí misma, a repetir sus pasos una y otra vez, cómo es que he dejado la puerta abierta, por qué querría irse, dónde estará, será que la ansiedad hará casa ahora que la paz no está.
No supo bien cómo pasó, pero entendía en qué momento había iniciado; cuando la paz a ratos despistada, con la mente en otra parte, desentendida, a otros con la máscara invisible, no podía verla y casi no sentirla. Nunca la convenció de quedarse, nunca le pidió que reconsiderara: siempre fue inevitable.
Se quedó petrificada en el portal, con la vista al camino, esperando que la paz se botara el manto invisible, que allí estaba, que no se había ido, que no se iría jamás.
Elucubraciones de otras realidades le traían un placebo que le hacía ignorar su partida, pero nada, la paz real no estaba. En vano iría a buscarla en closets o bajo la cama; aunque fuera sin despedida la partida era obvia. La paz estaba harta de esa guerra silenciosa, y más valiente que la ansiedad, se largó.
Sintió una brisa inusual, algo que enfrió el té, que movió alguna constelación dentro de su universo. Levantó la vista y notó que algo invisible había ocurrido.
Caminó lento, sabiendo que la urgencia no iba a remediarse con histeria. Encontró la puerta abierta... empezó a notar su ausencia. La paz se había escapado.
Empezó a darse explicaciones a sí misma, a repetir sus pasos una y otra vez, cómo es que he dejado la puerta abierta, por qué querría irse, dónde estará, será que la ansiedad hará casa ahora que la paz no está.
No supo bien cómo pasó, pero entendía en qué momento había iniciado; cuando la paz a ratos despistada, con la mente en otra parte, desentendida, a otros con la máscara invisible, no podía verla y casi no sentirla. Nunca la convenció de quedarse, nunca le pidió que reconsiderara: siempre fue inevitable.
Se quedó petrificada en el portal, con la vista al camino, esperando que la paz se botara el manto invisible, que allí estaba, que no se había ido, que no se iría jamás.
Elucubraciones de otras realidades le traían un placebo que le hacía ignorar su partida, pero nada, la paz real no estaba. En vano iría a buscarla en closets o bajo la cama; aunque fuera sin despedida la partida era obvia. La paz estaba harta de esa guerra silenciosa, y más valiente que la ansiedad, se largó.
lunes, 17 de enero de 2011
Lo que pasó cuando te fuiste
No tengo ropa negra. La última vez te escuché partir y no te dije adiós. Aquella vez, cuando el mar nos robó las toallas. Aquella otra cuando te peleaste con la familia. Cuando me dijiste que nadie iba a quererme y cuando te retractaste. Verte cambiar, mejorar, pedir perdón y perdonar. Llorarte. Hago una pausa. Te abrazo en la memoria y me doy cuenta que tu voz no retumbará en la sala de mi casa nunca más. Ni tus herramientas, ni aquel perro viejo, ni tu pickupito blanco, ni tus manos grandes y callosas. Te hiciste viejo muy pronto. Me enseñaste a comer quesos y justo eso fue tu último regalo, además de un set de cubiertos. Cosas que quieren hablar de ti, igual que yo. Rogarle a Dios que me diera tiempo de hablarte. Mi papá, cómo estará mi papá. El momento en que decidí que no quería verte muerto. Hablar con tu esposa. Hablar con Dios y agradecerle por tu vida. Fuiste buen abuelo. Y te nos fuiste. Un silencio inmenso, no estás. Cruel, qué cruel.
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