En medio de los premios, los cargos y los títulos es difícil acordarse.
¿Quién soy? Si no me gano el pitch interno de la agencia, si no me quedo con el trofeo y el León, si no soy la favorita del DGC, sin mis gadgets, sin mis libros de creatividad, sin mis accesorios súper originales, sin mis etiquetas, sin mi carpeta alucinante ¿quién jodidos soy?
No quiero olvidarme, por enésima vez, de que mi valor no está en un premio. No está en que públicamente todos mis colegas y coetáneos reconozcan en colectivo que soy mejor que todos, más analítica, mejor estratega, más creativa, más chispuda.
Estoy convencida de que llevar una vida que le agrada a Dios y ganarse premios no son antagonistas una de la otra, pueden convivir perfectamente. ¿Pero qué pasa el día que no me gano el premio? ¿Dejo de sentir que valgo mucho? ¿Empiezo a pensar que mis esfuerzos fueron en vano?
En ese momento empiezo a pensar dos cosas:
1. Que no estoy haciendo lo que Dios quiere y por eso, obviamente, no estoy ganando premios.
2. Se me viene la autoestima al piso. No soy tan buena, ni tan creativa, ni tan estratega. Quizá esta profesión no es para mi.
Voy con la gente que me conoce, (mi trabajo y a mi) y me contradicen. Me hacen ver que los premios son la manera en que las personas reconocen mi trabajo pero que no tienen nada que ver con la forma en que Dios reconoce mi trabajo. El Señor no está en contra de los premios pero sí está en contra de que pongamos todas nuestras esperanzas en ellos, todas nuestras fuerzas y toda nuestra fe.
Poco a poco voy reconociendo mejor la voz de Dios y lo que hace en mi vida. Hace poco escribí esto en mi cuaderno: hay que orar más de lo que brainstormeamos. Y me pegó duro. No me dice que renuncie y me dedique a otra cosa, que deje de tener opinión propia o que deje de trabajar en los premios. Me pide que le dedique más tiempo a orar que a pensar.
Entiendo perfectamente que es muy difícil no convertir a los premios en ídolos, no tomarse personal las cosas que te hacen la persona que sos: el trabajo, los amigos, las cosas que me gustan, las que no, mi hija, mi familia e incluso una pareja. Las cosas y la gente que me importan son lo que me mueve pero es precisamente allí donde entra la fe: en dejar de estresarse por las cosas más importantes y entregárselas a Dios.
Puedo decir tranquila, que hago todos los esfuerzos cuando trabajo, que saco la tarea y que quiero crecer más, pero que sin importar el resultado, estoy segura de que estoy agradando a Dios, porque pongo mis fuerzas en Él. Si algo puede rescatarme no es un premio, es Dios.
Es allí cuando al fin lo pude ver, cuando le quitó ese blur que tenía mi camino.
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Bien pronto se han apartado del camino que les mandé seguir, y se han fabricado un ídolo de metal fundido.
Deuteronomio 9:12
Por mi parte, muy poco me preocupa que me juzguen ustedes o cualquier tribunal humano; es más, ni siquiera me juzgo a mí mismo.
1 Corintios 4:3
Y ahora, ¿qué te pide el Señor tu Dios? Simplemente que le temas y andes en todos sus caminos, que lo ames y le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma, y que cumplas los mandamientos y los preceptos que hoy te manda cumplir, para que te vaya bien.
Deuteronomio 10:12-13