Todas las historias son para escribirlas. Cuentos inéditos jamás puestos en orden: puntos y comas en su lugar. Existencias completas jamás documentadas.
Hoy propongo que cada quien documente su propia historia, para hacer una legión de historiadores autobiográficos, para ser testigos de la existencia de la humanidad, que con todo su humo y su fuego, siempre supo amar. Siempre.
Las estadísticas no describen el zumbido de las corazonadas o la pesadumbre de la frustración o la emoción de saberte dueño de una nueva idea. A los columnistas siempre se les olvidó hablar de algo más importante que la política y la imagen presidencial. A los científicos no les explicaron el porqué del universo. A muchos personajes cotidianos jamás les pidieron una entrevista mientras pautaron la repetida frase de la nueva chica fashion en el altar.
Hay que auto-documentarse para hacer el examen existencialista al final de cada par de años y ver por fin esa piedra en el camino, entender el forzoso protocolo repetitivo del hábito y encontrar respuestas para agendarse un mejor futuro. Es el viejo rito de las cápsulas del tiempo. Trata de la inquietud de preguntarnos si estamos haciendo las cosas bien, la manía de auto compasión y de cómo no serían lo mismo si pudiéramos ver el mapa desde arriba y entender la tierra que pisan nuestros pies descalzos con vista satelital.
Propongo hacer caso omiso de las pulsaciones de pereza y empezar tu propia historia con el pie derecho, tu propio lienzo, tu propio reportaje, tu propio rupestre. Hoy mismo.
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