jueves, 15 de abril de 2010

Melancolía enemiga

Sigo preguntándome si todavía me leés, si todavía me pensás. Me enojaría contigo si no me estuvieras haciendo el gran favor de desaparecer de mi vida.

Ayer soñé tus letras. Y me extrañabas. Todo lo demás era ruido, era innecesario, con hacerte falta me basta. Lo demás deja de importarme: la interrupción constante de tu silencio frente a mis palabras, la estúpida calma con la que me haces de menos, la frialdad con la que nunca más me besás, el fuego desapasionado de tus ojos, la facilidad con la que me olvidaste.

Así como me amás, te esfumás. La historia de mi vida. Trato de ser buena conmigo misma y repetirme que no fui yo quien te espantó sino que te fuiste por cuenta propia. Y no me creo. Sigo sintiéndome extrañamente embustera. Hablarse mentiras a uno mismo suele ser el primer síntoma de demencia y no de amor.

Es tan claro que no tendría por qué estar confundida. No te amo y no me amás. Tan claro que nadie le encontraría la complicación excepto el sobre análisis característico de mi especie y generación. Me doy la vuelta y dejo de pensarte hasta que me acuerdo que te extraño. Todos los días.

1 comentario:

Duffboy dijo...

"Hablarse mentiras a uno mismo suele ser el primer síntoma de demencia y no de amor". La naturaleza sangre del amor, "la bestial naturaleza del amor", como diría Fito Paéz. Aplaudo tu reflexión y esas dos últimas oraciones.