Siempre he creido que la vida corriente es de menos categoría. Siempre me crei tan grande que no podia aceptar menos para mi vida que cosas grandes, magnas, gigantes; cosas de reyes, de sabios, de genios, de célebres.
Y me pase toda la vida, corta pero igual en su totalidad, creyendo que lo que tengo es muy poco para mi, para lo que merezco, para lo que estoy hecha.
Siempre tuve razón. Estoy hecha para cosas grandes pero me olvido a veces de mi condición humana, mi fragilidad y mortalidad. Estas dos cadenas no me han dejado ver bien las cosas, la verdadera dimensión, altura, techo, espacio y volumen de todo lo que hay alrededor mío.
Creyéndome invencible sobre ese pedestal que tantas veces abandoné de golpe para caer dolida y humillada, clamo al mundo mis deseos y mi vocación de nobleza como exigiendo lo que ya es mío, lo que me pertenece.
Muchas veces estamos tan seguros de algo que nos equivocamos por completo. Mi grandeza no esta sobre ese pedestal; todo eso no existe en mi presente y lo que si existe, es lo ordinario, lo cotidiano.
Le hago de menos todo el tiempo sin darme cuenta que ESTA es mi vida. Aquí mismo donde estoy parada es mi vida. Esta silla, mesa, afectos, ubicación geográfica y retos son mi vida. Ahora mismo. Y no está conformada de esa vil bajeza que yo tanto desprecio. Esta hecha de risas y llantos y deshonras y amplitudes.
Grandezas cotidianas, grandezas ordinarias que están diseñadas para mi y para nadie mas. Grandezas propias.
Es tiempo de empezar a ver las cosas como realmente son y no con capricho adolescente, que cambiaran de forma y de color a mi conveniencia, distorsionando lo real versus lo absurdo.