Justo cuando declaro mi boicot hacia los corazones light de una noche, aparece el batallón a hacerme reconsiderar. He dicho que no más, que es momento de ser distinta, de ser otra, de esperar. He dicho que es la época de mi vida marcada con una etiqueta de "aquí es donde te esperé" (y lo dije en serio).
No siempre es tan fácil. Mis ansias viscerales dan pelea.
Este cuerpo biodegradable, que no hace más que descomponerse a sí mismo sigue reclamándome.
Lo veo venir, lo siento venir. Ese olor vampiresco. Tiemblo.
Taquicardia.
Excuso.
Busco.
Encuentro.
Se acerca, sonríe, me ve, lo nota, sonríe otra vez, una caricia tras otra y estoy petrificada.
Quizá dejé de respirar. Reviso el aire en mis pulmones, el ritmo cardíaco que me hace doler la caja torácica. La piel se vuelve roja, (agradezco el cabello suelto o podría ver mis orejas de camaleón invertido). Otra vez, no respiro.
Lo nota. Confunde mi nerviosismo con incomodidad y se aleja. Yo sigo petrificada en mi sitio, no sé decir, no sé moverme, no sé, no sé.
El misticismo se disuelve y volvemos a ser los casi extraños que somos, y que en realidad nunca fuimos. Pasan unas horas, a veces unos días, y volvemos a la batalla. Él buscando acercarse, yo entre mini infartos. Y no pasa nada. Jamás.
Sigo ganando batallas, sufridas a unas, victoriosas siempre, con tal de no dejarme llevar por la corriente, que va río abajo hacia el pueblo que juré nunca más volver. Quiero caer, soltar, desgarrar... pero mi instinto de supervivencia espiritual se agarra fuerte y sobrevive. Vive.
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Pd. Cuando diga que te esperé, sabrás que lo dije en serio.
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