Érase de un silencio que no sabía estar callado. Los otros silencios lo miraban con desdén, con esos ojos que tiran mil reproches. Evidente, si hablaran serían murmullos en su contra.
Los silencios no tienen corazón pero éste estaba enamorado. Sus síntomas eran tan burdos y tan mundanos que parecían sacados de un chiste viejo y malcayente. Triste.
Se seguía preguntando a sí mismo qué tan indiscutible era el cambio mientras nadie le respondía, lo que era una crueldad en sí misma porque todos tenían una respuesta preparada: "Silencio, cállate".
Sin rumbo, hablándose a sí mismo en voz alta, cantando a todo pulmón, el silencio no se daba cuenta de su insensatez, de la poca genialidad con la que trataba ese ruido anti natura que parecía brotar desde muy dentro.
Era algo muy bello pero muy descuidado. Un silencio que habla, y que canta, y que quiere. Es una cosa casi inmoral, que sabe a insidia.
Y es que, entre tanto hablar, sólo se ve penumbra.
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