Una misión a la vista a lo James Bond.
Llega el alto mando. Replica que esta ordén la ha dado más de una vez y nadie ha hecho caso. Se va con su combatiente mejor entrenado, más inteligente y mejor capacitado para la tarea. Le pide explicaciones.
Todo silencio. Nadie puede contestar. ¿Porqué no se ha hecho? No es una misión nueva, ya lo han hecho muchas veces antes. ¿Qué pasa?
Una tos seca, un grillo a la distancia (irónicamente como un chiste gastado) y el crujr del viento; ninguna respuesta.
Le toca contestar a la chiquilla de lentes, sentada en la esquina apartada de todos. ¿Cómo habría de explicarle al jefe que no existe una razón logica para tal descaro?
El grandulón musculoso del centro de la habitación habla. Nunca fue un tipo muy inteligente pero si lo suficientemente fuerte para llevar a cabo su trabajo. Balbucea una excusa terrible: no es que no hayamos tratado.
Una escuálida compañera, demasiado asustadiza (nadie entiende que hace allí pero allí está) se tapa los ojos con las manos, entendiendo perfectamente la insensatez del orangután.
El jefe grita, reclama, da nuevas órdenes, repite las anteriores. El equipo se desespera. Empiezan todos a pelear y a defender su honor. Es demasiado difícil, chief. Demasiado.
¡Silencio! Grita el jefe con la voz mucho más madura y entrenada para acaparar la atención. Vuelve el silencio. ¿Qué pasa que no podemos destruir al enemigo?
Suena la voz del mejor combatiente: es que ése es el problema. ¿Es éste realmente el enemigo? ¿O es un amigo confundido?
1 comentario:
Sigue escribiendo, Desireé. No hagas otra cosa.
Publicar un comentario