Siempre hablo de las zonas de confort. Y me jacto -entre líneas claro está- de lo mucho que he vivido fuera de ellas y atribuyo mis lecciones mejor aprendidas, a ese vivir tras la frontera.
De pronto caigo en la cuenta de que ya hice casa allí. Ya tengo cocina, una cama y una rutina. He convertido una revolución en una dictadura; un depredador en una presa, un enemigo en un aliado.
¿Y ahora qué? ¿Dónde está la salida de este búnker? ¿A dónde me mudo? Siento que vivir gitana se ha vuelto mi casa y ahora toca volver. Soy como una indocumentada que debe regresar a su patria: lo pierde todo, la patria y la residencia. Soy como el anciano que vuelve a la universidad a sacarse la licenciatura sintiendo que ya aprendió todo lo que debía y que está allí solo por trámite. Y aún así tiemblo de miedo.
Encendieron las incandescentes en mi corazón, ¿quién habría pensado que era tan iluminado? Busco las gafas oscuras y me espanto. No sabía que todo ese moho estaba allí. No sabía que había tanta basura.
Desesperada de ver tanto desorden, frustrada de que la manera de seguir para adelante sea volver, asustada de que el peso del tiempo solamente aplaste y no sane. Porque es eso: el tiempo no sana, solo esconde. Para sanar necesito una clase de medicina, una clase de reposo, una clase de terapia. Y tiemblo, siempre le he tenido miedo al remedio sobre la herida.
Empaco todo y voy. Ya no soy gitana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario