jueves, 24 de septiembre de 2009

Cuento de una venganza cotidiana

Abrió los ojos en medio de la penumbra. Un faro afuera de la ventana iluminó lo suficiente para mostrarle los mismos muebles de toda la vida. Nunca fueron muchos, no era necesario estar demasiado despierto para recordarlos y reconocer donde estaba.

Parpadeó.
No supo qué día o qué noche era y no le importaba.
Se sentó sobre la cama. Sin entenderlo del todo sentía la necesidad de despertarse para prestarle atención a ese diálogo interno que balbuceaba en la oscuridad. Si lo hubiera tenido que explicar, habría dicho que alguien lo despertó, mejor dicho, que se había despertado para decirse algo importante a sí mismo.

Contempló las sombras. Siempre le pareció curiosa la forma en que bailan las sombras, como si la luz pudiera moverse de su sitio para después arrepentirse y regresar.

Sin querer, cantó una canción muy vieja, de las que nunca suenan por la radio. Esas canciones que se cantan solas dentro de tus oídos y que no sabes cómo es que han llegado hasta allí, pero que existen, sí que existen, en alguna parte del mundo. Hoy, aquí.

- "Bueno, ahora dime, qué pasa".

- "No pasa nada. No quise molestarte."

- "Para nada. Me molesta más tu silencio repentino."

- "Es que no sé... me ha entrado la duda."

- "¿Cuál duda?"

- "No sé... crees tú...
¿que se acuerde?"


Se rascó la cabeza. No había forma de saberlo y lo peor de todo es que era imposible apagar ese tormento. Si tan sólo pudiera escuchar de sus labios que lo había dejado todo en el olvido, podría dormir en paz.

No había reproche. Por supuesto que estaba bien que le hubiera despertado a estas horas de la noche, para algo tan importante siempre hay tiempo.

Contempló, y no le llevo mucho esfuerzo, los caminos que le llevarían de regreso a ella para poderle preguntar si se acordaba de él.

No había manera.

Se acurrucó de nuevo entre las sábanas. Se arrepintió de aquel primer día y le quemó todo dentro.

- "Claro que no me arrepiento".

- "Si tan sólo supiéramos... "

Cerró los ojos y estuvo allí, sin pensar nada durante horas.

Unos segundos antes de quedarse dormido escuchó la tormentosa voz:

"¿Y si su ausencia es la señal irrevocable de su olvido?"

Allí en ese instante, resplandeció el sol y dejó de dormir para empezar de lleno el día y vivir, en señal de venganza, ocupado en las sencilleces absurdas y profundas de la vida, sin acordarse de ella.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me recordaste una letra de Nacho Vegas/Enrique Bunbury: "No te recuerdo, porque nunca te olvido". Nostálgico post. ¡Saludos!